Mi amigo Pedro

 Hola de nuevo a los lectores fantasma de este "anti diario", como sabrán, soy una persona con escasas habilidades para terminar lo que empieza. El día de hoy vengo con una historia que escribí a principios de año, corregida hace dos días, llamada "Mi amigo Pedro". No quiero dejarles con descripción alguna antes de que la lean, así que procedo a copiar y pegar. 

Mi amigo Pedro

El día lucía bien, típico jueves aquí en la ciudad. Había hablado con mi hermana y le avisé que no llegaría a cenar a la casa, iba a visitar a Pedro, del que hacía tiempo no tenía grandes noticias. Solíamos ser grandes amigos. Vivíamos en el mismo edificio cuando niños, después estudiamos en la misma secundaria y compartimos muchos recreos a pesar de que él era un año menor que yo. Siempre fue un estudiante ejemplar, de esos que jamás bajan del 6. Y yo, bueno, nunca repetí curso al menos. Sin embargo, cuando me gradué de la media no mantuvimos contacto, quizás una que otra vez nos habremos visto en algún sitio a tomar un café o un par de cervezas en la plaza, nada más. Pero hace unos meses supe que había empezado a trabajar cerca de donde vivo, así que intercambiamos números y nos pusimos al día.

Resultó que Pedro se había recibido de psicólogo. Admito que me extrañó, quizás por ese estereotipo de que “el inteligente" terminará como médico o ingeniero, pero bueh, son pensamientos instantáneos, ¿Qué voy a decir yo?, al final terminé estudiando lo que me podía pagar. Vivía en una casa de barrio alto, me sorprendió la ubicación ya que era bastante lejos de donde trabajaba. Sin darle tantas vueltas, quedamos en que iría a cenar a su casa el jueves. Y así llegó ese día.

Tomé el autobús 215 hacia Las Ulmarias, extremo oriente de la ciudad. Luego tuve que pedir un taxi hasta la dirección exacta de su casa, y a medida que avanzaba el auto me daba cuenta de la tremenda vivienda que probablemente me iba a encontrar. Era una zona cara. Definitivamente Pedro o se consiguió un trabajo extremadamente privilegiado o tenía una herencia para él. El auto se detuvo.

- Kennedy 741 - repitió el GPS de la aplicación del auto. - ¿Pagó en la app o en efectivo? - repite el conductor.

Me había perdido levemente en mis pensamientos, hasta que reaccioné.

- Ah, disculpe, ya pagué en la aplicación, gracias - dije, y procedí a bajarme. Al hacerlo, pensé en decirle "que tenga buen día" al taxista, pero dudé tanto que al final solo obtuve un arranque rápido y la sensación de ser un pésimo cliente.

Me detuve en seco a ver el portón que delimitaba la casa de Pedro. No era inmensa, pero debió costar más que todo el patrimonio de mi familia. Vi el auto estacionado. La casa era de color gris con blanco, de solo un piso, con un ventanal en el parte frontal cubierto en su totalidad por una persiana negra desde dentro. De repente sentí una sensación de desolación, algo muy subjetivo, pero se me pasó en un segundo. Toqué el timbre.

- ¡Sebastián! - me saludó Pedro mientras me daba un abrazo. - Que bueno que hayas podido venir, sé que es algo difícil llegar.

- Jajaja, un poco sí, jamás me imaginé que estarías viviendo aquí, tremenda casa hermano- le respondí con gracia y algo de sorpresa en mi voz - ¿te ganaste la lotería o qué?

- Ojalá fuese eso, la verdad solo conseguí la oportunidad y decidí tomarla- respondió con un tono bastante sereno. Si, claro, ojalá ese tipo de oportunidades llegaran a mi vida - pero bueno, entra por favor, está más fresco que acá.

Entramos en la casa, tenía una decoración bastante austera. Quizá el par de pequeñas estatuas le dan ese toque pretencioso que mi instinto de treintañero que vive alquilado con su hermana no deja pasar, pero más allá de eso todo era bastante típico. Él iba vestido con un pantalón blanco, unos mocasines marrones y una camiseta azul marino con las siglas "USA" en el frente. Nada muy especial.

Hablamos durante un rato de temas variados, sin terminar de sentar las bases de una conversación interesante.

- Entonces estudiaste psicología- dije intentando romper el hielo, de alguna manera el ambiente era tenso- q... ¿qué te hizo tomar esa decisión?

- Tranquilo, no te voy a morder- respondió mientras se reía de mi nerviosismo. ¿Qué se cree?, ese comentario de adolescente necesitado me resonó en las vísceras- sinceramente fue algo que surgió en mí, un interés por comprender a las personas desde dentro, sus motivaciones y sus entramadas redes de comportamiento... quizás suene descabellado, pero era una especie de deseo sexual que surgía en mi al pensar en.… no lo sé, entender profundamente el porqué de las acciones de la gente, sus complejos, aspiraciones... No sé, fue algo que se salió de mis manos, así que decidí estudiarlo para saciar mi curiosidad.

Mientras hablaba, sus manos gesticulaban de una forma delicada y sus ojos denotaban tanta pasión, que realmente entendí aquello de lo que la gente tanto habla; la vocación. Sin embargo, algo dentro de mi seguía resonando; algo dentro de él me hacía sentir inquieto. Pero estaba seguro que no era nada, probablemente era mi ansiedad, o el hambre.

- Me llamó la atención que dijeras sexual, pudiste haber dicho cualquier otra cosa, Pedro- le respondí mientras me reía un poco, él dibujó una sonrisa con la comisura de sus labios- pero se me hace curioso que haya llegado a ti semejante momento de luz, ojalá hubiese vivido algo así.

- Entiendo, quizás "sexual" fue demasiado jajajaja, pero en cierta forma sí, sentí algo como… “la bajada de Dios”, el llamado de la vocación sacerdotal... Como sea que se expliquen esas cosas, no lo sé, pero en mi cabeza tiene sentido - continuó Pedro mientras bebía una copa de vino blanco- ¿te parece si ya vamos a cenar?

Asentí sin rechistar, por lo que me dispuse a ayudarlo con la mesa.

- No no, por favor siéntate en la mesa, tú eres mi invitado hoy - me reclamó con amabilidad, así que me senté en la mesa a esperar.

Llegó con un guiso que se veía realmente exquisito. Bah, si me atrajeran los hombres probablemente me habría conseguido uno como Pedro, o eso pensé.

- Realmente te escondiste bien todas esas virtudes durante la adolescencia- le comenté con sorpresa, él sonrió.

- Siempre tuve estas cualidades, pero nunca se las mostré a nadie- se limitó a decir. - ¿empezamos?

Se me hizo raro el tono, pero yo estaba muriéndome de hambre, así que partí sin piedad.

- ¿Es cerdo esto? - le pregunto extasiado con el sabor del guiso, es difícil determinarlo, pero está rico. Me miró unos tres segundos.

-… Si, es cerdo, lo compré hoy, me alegra saber que te gustó...- respondió con un dejo de tristeza en su voz.

- ¿Te pasa algo Pedro? Te he visto todo el rato preocupado - le pregunté tras escuchar su desmotivada respuesta. Se quedó absorto mirando el plato unos segundos, hasta que su expresión cambió por completo.

-... ¿Ah? Eh... ¡No! Bueno...- respondió algo aturdido- es solo que tuve algunos problemas con mi novia y decidimos dejarlo hace unos días...

- Lo siento hermano, eso tuvo que ser doloroso para ti- le dije mientras colocaba mi mano en su hombro, el dibujó una sonrisa con sus labios cerrados - voy a sonar cliché, pero, créeme, hay muchos peces en el mar.

- Jajaja... tienes razón- respondió con desgana - bueno, si me disculpas iré al baño un momento.

Asentí mientras él se levantaba de la mesa. Ya habíamos terminado de comer, así que pensé que sería buena idea lavar los platos. Recogí todo y me dirigí hacia la cocina.

El silencio del lugar se une con el sonido de mis pasos, el suelo es de porcelana blanca y fría. Cada pisada que doy con mis zapatillas deportivas resuena fuertemente. Con toda esta escenografía, momentáneamente me sentía como en el pabellón de un hospital. La cocina era grande y espaciosa, de un blanco pulcro que daba la sensación de rechinar al tocarlo. No se escuchaba nada en todo el lugar, así que coloqué cualquier canción de mi playlist y empecé a lavar. Frente al lavaplatos había un ventanal gigante que daba vista al patio. Ya había caído la noche, por lo cual no se distinguía nada en la oscuridad salvo un par de luces dispersas. Lo único que escuchaba era el sonido del agua caer. Pedro ya llevaba más de diez minutos en el baño.

- Que raro...- dije para mí mismo, asomando mi cabeza al pasillo que conducía al baño y resto de habitaciones. No se escuchaba absolutamente nada. 

Terminé los platos y tuve ganas de un vaso de agua. Tomé el vaso de la despensa, abrí el refrigerador y noté un olor extraño. No lograba discernir, pero era cloro con algún otro producto químico. No supe qué pensar, pero quizás Pedro era un maniático al estilo limpiadores compulsivos. Me serví agua y quise tomar algunos hielos. Se me heló la sangre; el freezer estaba completamente lleno de carne roja ensangrentada guardada en bolsas resellables. No es nada fuera de lo común, pero por alguna extraña razón sentí una punzada en lo más profundo de mi esófago. El contraste de colores con semejante imagen dantesca era sórdido. Cerré la heladera y me largué de la cocina.

Me senté en el mueble, y cada minuto que pasaba aumentaba mi preocupación. Finalmente escuché que salió del baño, pero entró en su habitación. Sinceramente quería correr de esa casa, pero pretendía despedirme primero. Ya había pasado casi media hora desde que se había ido al baño, así que me atreví a caminar hasta su habitación. Era un pasillo oscuro, con 2 puertas a cada lado. El baño estaba al fondo. Me acerqué hasta la puerta, y solo encontré un par de zapatos de mujer en la bañera. Supuse que eran de Tina, su ex. Era impresionante el silencio que abordaba toda la casa, hasta que escuché un par de sonidos provenientes de la recámara más alejada. Deduje que allí estaría Pedro, pero por alguna razón tuve un miedo irracional antes de llegar allí. Aun así, decidí caminar

La puerta estaba levemente abierta, apenas podía mirar hacia dentro. No estaba listo para lo que encontraría. El cuerpo de Tina desmembrado encima de su cama de sábanas blancas y mullidas, sin cabeza, sin brazos. Sus piernas colgantes totalmente abiertas. No quedaba ni un rastro de sangre en su interior. Pedro encima de ella, comiéndose la piel que recubría sus pechos. Sentí que iba a desmayarme; de pronto, todo el olor que había ignorado cobró sentido. Quise correr, gritar, tomar fotos y llamar a la policía. Pero no pude hacer nada. Solo me quedé allí, viendo la horrible escena que se presentaba ante mis ojos. De repente, caí en cuenta de algo.

Quizás ese guiso estaba hecho de Tina. Esa carne… quizás no era de cerdo. Yo había...yo...yo había...

Había comido carne humana.

Me sobrecogió un sentimiento de ahogo y terror que me hizo vomitar allí mismo. Tuve miedo, sentí todo el miedo que nunca había experimentado en mi vida.

Salí corriendo hasta la puerta. Estaba cerrada con llave. Intenté abrir las ventanas, pero estaban bloqueadas. Llamé a la policía, pero jamás respondieron. Empecé a llorar tirado en el piso con la espalda en la puerta. Temía por mi vida como nunca lo había hecho. No quería gritar, no quería que Pedro saliese y me matara a sangre fría. Vi toda mi vida pasar frente a mis ojos.

Toda esa carne en la nevera, toda esa sangre seca en las bolsas...

- Sebastián...- Pedro habló desde el pasillo - ven a la habitación.

 - ¡NO ME ACERCARÉ NUNCA AL CUERPO DE TINA! ¡NO DESPUÉS DE VER LO QUE HICISTE!

- Ven...- dijo con voz tranquila y serena - ven.

- ¡JAMÁS LO HARÉ!

Salió de la habitación con el pecho al descubierto, lleno de sangre seca y marcas de rasguños. Traía la cara llena de sangre, toda la casa olía a autopsia. En sus manos traía uno de los ojos de Tina, de color verde deslavado.

- Ven...- se acercó hacia mí, con suavidad y delicadeza - solo quiero que alguien coma conmigo, por favor…

Yo lloraba desconsoladamente, tirado en el suelo, sin saber qué hacer. Él me miraba desde arriba, gotas de sangre caían hacia mi rostro.

- Cómetelo- sostenía el ojo en sus manos- cómetelo por favor.

- No me hagas esto Pedro... por favor n…no me hagas es...

- ¡CÓMETELO O TE VOY A TORTURAR MIENTRAS TE ARRANCO CADA ÓRGANO DE TU CUERPO CON LA BOCA, MALDITA SEA! - me golpeó la cara y luego me metió el ojo de Tina en la boca, haciéndome masticarlo frente a él.

Sentí que me desvanecía. Cada gramo de líquido que salía de él, la textura de cada masticada, la mirada expectante de Pedro esperando que lo tragara. Solo podía retorcerme de dolor y pánico frente a la puerta, con los ojos saltones y los dientes llenos de líquido gelatinoso y negruzco.

- Bien...- decía con voz lenta- no te voy a matar, Sebastián...

Se arrodilló frente a mí, con la mirada más psicópata que jamás había visto. Sus dientes totalmente llenos de sangre, con pedazos de piel y sesos entre ellos.

- Solo quería comer con alguien...- repitió, mientras me quitaba un mechón de cabello de la frente, sudada y llena de sangre. Me hiperventilaba.

- No quiero volver a verte jamás - me dijo a la par que tomaba las llaves de la casa.

Abrió la puerta.

- Vete- me empujó con su pie, salí rodando por las escalerillas de la entrada.

No podía correr, mi cuerpo no respondía, sentía el miedo más paralizante que alguna vez haya podido imaginar. Me paré en frente de la casa, empecé a correr en dirección a algún lugar donde pedir auxilio. En ese instante, escuché un disparo proveniente de la casa de Pedro.

Se suicidó. Casi me encuentran culpable, pero conseguí demostrar mi inocencia.  Han pasado 17 años, pero aún tengo la vívida sensación de aquel ojo entre mis dientes.

Sebastián Larte, sobreviviente del carnicero de Kennedy 741.


Sé que es un poco fuerte, o al menos quería eso originalmente, por lo que me disculpo si herí las sensibilidades de alguno de mis lectores. Por supuesto estoy abierta a escuchar qué les pareció, ya que simplemente la escribí como terapia para aliviar mis constantes episodios de crisis creativa... a lo que también podría decirle "necesidades del espíritu". 

Les quiero, amigos invisibles.



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